
Curiosamente,estos días en que se descubre en Etiopía el fósil de la niña más antigua del mundo, encuentro en la red cierto impulso publicitario de un libro que salía a finales del año pasado en Londres y cuya lectura me desveló más de una noche navideña. Por "fortuna" para los españoles el libro hasta donde yo sé aún no se ha traducido al castellano por lo que, aunque no sea más que por pura pereza, imagino que tendrán la suerte de no leerlo.
¿Suerte de no leer un libro? ¿Tan malo es?
No. Todo lo contrario. The Singularity is Near es, en mi humilde opinión, probablemente, una de las mejores obras de ¿prospección tecnológica? ¿2040? del panorama bibliográfico internacional. Lo que sucede es que lo que augura, al menos a mí, no me satisface ni lo más mínimo. Pesadillas me da sólo pensarlo.
¿Se imaginan ustedes un mundo donde las personas no tuviésemos un cerebro sino dos o tres y otros tantos de repuesto? ¿Donde los niños no tuviesen que estudiar y el límite de la capacidad cerebral de un individuo se redujese a una mera cuestión de insertar una tarjeta de memoria con más capacidad en la ranura adecuada de la placa base de nuestro ordenador? Piensen que estoy hablando de nanotecnología y entenderán plenamente lo que quiero decir.
En la obra se afirma entre otras cosas que en 2020 el ser humano será capaz de diseñar ordenador más potentes que el cerebro humano, y no sé cómo lo ven ustedes pero a mí no me parece tan lejano, o que de aquí al año 2045 la sociedad de la información revolucionará no sólo nuestras comunicaciones sino directamente nuestra propia conceptión del "YO" ya que según sus tesis no sólo la nanotecnología permitirá introducir robots en el cerebro humano que incremente sus capacidades, sino que incluso se construirán entidades no-biológicas a modo de copias del cerebro humano en las que se podrá instalar la mente de una persona.
Quizás todo esto no tendría la menor importancia si no fuera el caso que quien firma el libro es Ray Kurzweil, probablemente el mayor experto de Inteligencia Artificial del mundo, asesor científico de la Casa Blanca y el Pentágono.
Supongo que a priori alguno puede estar pensando en lo maravilloso de todos estos avances. Y qué duda cabe, que el ser humano sea capaz de tales ingenios no es sino para maravillarse.
Pero dejen que les proponga la siguiente idea de un mundo futuro según estas predicciones: En una mesa reunidos los líderes de un partido político. Sobre la mesa un palmtop que está hablando. Es el cerebro de Zapatero que les está hablando aún más allá de la muerte. ¿No les suena realmente terrorífico?
Según el pensamiento kantiano, es la sabiduría la que selecciona de entre los problemas que se presentan, aquellos cuya solución es importante para la humanidad. Si damos pábulo a Kant y tomándonos el tema con humor, los avances de la informática, la electrónica y la inteligencia artificial vendrían a poner de manifiesto que tenemos un problema de carencia de capacidad intelectual. No obstante estamos ante un tema realmente serio.
La evolución del ser humano, tal como la conocemos, podría estar llegando a su fin. ¿Está el Hombre en el comienzo del fin de su existencia? ¿El proceso evolutivo que se identifica con el humano que arranca en el Australopithecus cierra la era del Homo Sapiens Sapiens en torno al 2100 dC dando paso al Homo Ciberneticus? Después de todo tiene ya el HSS unos 300.000 años de historia. Y no hay que olvidar aquí que el propio Kurzweil sostiene que la evolución tecnológica es capaz de producir una tasa de crecimiento de la complejidad de carácter exponencial.
Si durante este siglo hemos asistido no sólo al nacimiento de la informática sino a la convergencia tecnológica de la misma a a través de la electrónica con las tecnologías de la comunicación. Tal vez, durante el siglo que vivimos nos toque asistir a la convergencia de estas con la nanotecnología y la ingeniería genética.
Rondando estas reflexiones en mi cabeza, me viene a la memoria - a mi pobre y humilde memoria biológica - aquel cuento de Asimov que se llamaba "La última pregunta" cuando al final del mismo AC dice: "¡hágase la luz!". Y dice el cuento, "y la luz se hizo…".